Parece extraña esta manera de vivir, en la que en un suspiro se va el día. Las noticias van y vienen en grandes oleadas; lo que fue publicado ayer es cosa del pasado —literalmente: noticia vieja—. Las tendencias cambian conforme pasan las horas: en la mañana es una, en la tarde otra y, cuando se trata de compartir algo que nos llamó la atención, nos damos cuenta de que eso… pfff, también es cosa del pasado.
Gracias a la tecnología podemos informarnos de manera espontánea sobre cualquier acontecimiento, incluso en el lugar más recóndito del planeta. Tenemos todo a nuestro alcance: comunicación y tecnología. Pero ¿qué pasa cuando esas tendencias tienen un aire de verdad mezclado con información falsa? ¿Qué pasa cuando el objetivo es ganar likes para convertirse en tendencia, aunque sea tan sólo por unos instantes?
Toda esa falsa información crea una mezcla tóxica dentro del ecosistema digital. Una política sin escrúpulos, explotación comercial al por mayor y una carrera constante por llamar la atención pueden llevarnos a un punto en el que dejamos de preguntarnos si aquello que estamos comunicando es verdadero, útil o responsable.
Es entonces cuando debemos centrarnos en la ética de nuestras publicaciones, de los productos o servicios que queremos vender y de los mensajes que queremos hacer llegar a nuestros públicos. No se trata únicamente de llamar la atención de una manera exagerada o de abordar al público con algo que no es tan bueno, bajo la idea de que lo importante es que “ya lo compró”.
Una venta, un voto, un like
El engaño político o comercial puede construirse en una sola venta, en un voto o en un like. Parece poco frente a la inmensidad del mundo digital, pero cada uno representa una decisión: alguien compró, alguien votó, alguien creyó, alguien confió.
El problema aparece cuando esa decisión fue provocada por información falsa, una promesa exagerada o un contenido diseñado para generar una reacción inmediata sin importar demasiado lo que ocurra después.
Porque conseguir una venta puede tomar segundos; conseguir un voto puede depender de una campaña; conseguir un like puede ser cuestión de un instante. Pero recuperar la confianza después de haberla perdido puede tomar mucho más tiempo. Y cuando la confianza se rompe, también puede romperse la lealtad del público.
Y ahí es donde la ética deja de ser una palabra asociada únicamente con los periodistas o con los códigos profesionales. También tiene que ver con quienes diseñamos una campaña, vendemos un producto, publicamos un contenido, compartimos una noticia o utilizamos inteligencia artificial para crear un mensaje.
La pregunta no debería ser solamente cuánto podemos conseguir con una publicación, sino qué estamos dispuestos a hacer para conseguirlo.
Tal vez nos duela ese dinero perdido, quizá tengamos que esperar nuevamente para otra candidatura o simplemente tendremos que esperar a que alguien vuelva a generar en nosotros la confianza suficiente para seguir participando en nuestro mundo digital.
La responsabilidad de comunicar
Cabe hacer una introspección sobre la capacidad que tenemos para comunicar. Hoy, más que nunca, la tecnología nos da una enorme ventaja para llegar a nuestro público, pero también nos exige brindar calidad, credibilidad y confianza.
Y esto no corresponde únicamente a los periodistas, quienes cuentan con valores y principios éticos para presentar una noticia. Todos aquellos que tenemos a nuestro alcance la posibilidad de comunicar, divertir, convencer o influir también tenemos una responsabilidad sobre aquello que proyectamos.
En periodismo hay un principio que parece sencillo, pero sostiene buena parte del oficio. Bill Kovach y Tom Rosenstiel lo resumen en una idea fundamental: la esencia del periodismo es una disciplina de verificación. Valores como la exactitud, la independencia, la responsabilidad y la transparencia continúan siendo relevantes en la era digital.
La pregunta es si esos principios deberían quedarse únicamente en las redacciones o si también podemos llevarlos a nuestra propia manera de participar en internet.
En este mundo digital contamos con libertad de expresión. Sin embargo, esa misma libertad convive con fenómenos como la desinformación, el discurso de odio y las teorías de conspiración. Enfrentar estos desafíos requiere la participación de múltiples actores y una responsabilidad compartida en el ecosistema digital.
Quienes participamos activamente en este medio tecnológico también podemos contribuir a generar un internet de confianza. Cada publicación, cada comentario y cada contenido que compartimos forma parte de ese entorno.
La responsabilidad cuando la IA entra en lo que hacemos
Esa responsabilidad adquiere una dimensión distinta cuando la inteligencia artificial empieza a participar en tareas que antes realizábamos directamente: redactar, resumir, seleccionar información, crear imágenes o preparar contenidos que después podemos compartir con otros.
Con los nuevos dilemas que genera el uso de la inteligencia artificial aparecen también nuevas preguntas: información sesgada, imágenes tan reales que resulta difícil diferenciar si son auténticas o no, derechos de autor, consentimiento, fuentes falsas y contenidos creados con una facilidad que hace unos años parecía imposible.
Y, por supuesto, la IA no tiene la culpa.
Esa herramienta que tanta información nos brinda aprende de grandes cantidades de contenido y puede encontrarse con información falsa o sesgada. Si la información con la que trabaja es incorrecta, el resultado también puede serlo.
Sin embargo, esto nos devuelve a la misma responsabilidad: revisar lo que estamos compartiendo, leer críticamente lo que nos proporciona esta herramienta y verificar su contenido.
Un ejemplo claro es el curso Google AI Essentials, que dedica uno de sus módulos al uso responsable de la inteligencia artificial. Google plantea que la IA funciona mejor como complemento de nuestras capacidades humanas y que su utilización responsable requiere pensamiento crítico y toma de decisiones responsables.
La herramienta puede ayudarnos a crear; decidir qué hacemos con aquello que crea sigue siendo responsabilidad nuestra. Google no presenta la responsabilidad como un freno a la tecnología, sino como parte de la manera correcta de utilizarla. Y si vamos a utilizar estas herramientas, que sea de la mejor manera posible.
Porque la confianza es algo que debe perdurar. Y ya lo dice el dicho: lo que fácil viene, fácil se va. Con ello, también puede irse la confianza.
Si hoy todos podemos comunicarnos, ¿sigue siendo suficiente pensar antes de hablar?. Quizá ahora también necesitamos pensar antes de publicar, compartir y amplificar.
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Desde la investigación
- Bill Kovach y Tom Rosenstiel, The Elements of Journalism: plantean que la esencia del periodismo está en una disciplina de verificación, uno de los principios que distinguen al oficio frente a otras formas de comunicación.
- UNESCO, Guidelines for the Governance of Digital Platforms: sostiene que enfrentar desinformación, discurso de odio y otros riesgos digitales requiere responsabilidades compartidas entre plataformas, medios, gobiernos, sociedad civil y otros actores.
- Google, AI Essentials: presenta el uso responsable de la IA como una práctica que requiere pensamiento crítico, revisión de resultados y decisiones humanas informadas.
▏Ada Sepúlveda es columnista en MentePost con análisis sobre cultura digital y comunicación.
