En estas semanas, en la que nos hemos centrado en organizar ideas sobre comunicación y, especialmente, en cómo comunicarnos con los usuarios que en algún momento todos necesitamos para resolver dudas o encontrar orientación, me he percatado de algo: la manera en que nos relacionamos con la información también está marcada por el entorno digital en el que hemos crecido.
No importa a qué generación pertenezcamos: cada una ha desarrollado una relación diferente con el entorno digital. Mientras los millennials vivimos la transición hacia internet y las redes sociales, la Generación Z ha crecido en un entorno donde la conexión digital forma parte de la vida cotidiana.
Sin embargo, cuando retomamos el tema de la comunicación y observamos lo que encontramos en redes sociales, sitios informativos, plataformas digitales y los contenidos de los influencers que bombardean nuestros reels, podemos encontrar tendencias que inmediatamente nos invitan a leer. Y generalmente, cuando el título es alarmista, provocador o cautivador, nuestra atención aumenta.
Esta oleada de información utiliza frases llamativas para captar el interés de la mayor cantidad posible de usuarios de internet. Pero aquí aparece el verdadero reto: no toda la información que leemos es falsa, pero tampoco toda la información que circula ha sido verificada con el mismo rigor.
Para quienes consumimos información diariamente —y para quienes generamos contenidos— esto representa un desafío: aprender a distinguir entre aquello que busca informar y aquello que busca provocar una reacción.
La abundancia de información también exige criterio
En la era de la sobreinformación, el valor del periodista no está solamente en contar algo que ocurrió. Está en ayudarnos a saber qué podemos creer sobre aquello que ocurrió.
Pero ¿por qué es necesario detenernos a pensar en qué podemos creer? Porque la tecnología de la comunicación nos permite acceder a una cantidad de información que hace algunos años habría sido inimaginable. Podemos conocer un acontecimiento prácticamente en el momento en que ocurre, consultar diferentes fuentes y recibir opiniones desde cualquier parte del mundo.
Sin embargo, tener más información no significa necesariamente estar mejor informados.
La abundancia de contenidos tampoco garantiza su calidad ni su exactitud. De acuerdo con la UNESCO, uno de los grandes desafíos actuales consiste precisamente en desarrollar herramientas que permitan evaluar la calidad de la información y del análisis periodístico.
Cuando la emoción pesa más que los hechos
Es en este escenario donde aparece un concepto que resulta fundamental para comprender el ecosistema digital actual: la posverdad (post-truth).
El concepto ha generado polémica porque nos obliga a formular preguntas que, en realidad, deberíamos hacernos constantemente: ¿esto es verdad?, ¿quién lo avala?, ¿qué medio lo publicó?, ¿cuál es la fuente?, ¿quién dijo qué?
El diccionario Oxford define posverdad como aquello «relativo o referido a circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones y las creencias personales».
De acuerdo con Raymond Colle, en Los contenidos de las comunicaciones digitales (2019), la posverdad se relaciona con ideas que las personas pueden aceptar como verdaderas a pesar de ser falsas. En ese proceso interviene un factor fundamental: la emoción por encima de la comprobación de los hechos.
En otras palabras, podríamos hablar de una preocupante normalización de la mentira.
Cuando la popularidad parece credibilidad
Lo viral no necesariamente es verdadero; pero lo viral puede terminar pareciendo verdadero.
Los contenidos virales pueden convertirse en herramientas para influenciar a una audiencia cuando apelan a sus emociones, prejuicios o creencias previas. Una información que confirma aquello que ya pensamos puede parecernos más creíble, aunque carezca de evidencias suficientes.
Además, en el ecosistema digital, la popularidad —los likes, las visualizaciones y las veces que un contenido es compartido— puede llegar a funcionar como una aparente señal de credibilidad. Pero la popularidad de una información no demuestra su veracidad. David Jiménez Torres aborda precisamente esta problemática en su artículo “La posverCat”, publicado en El Español el 2 de septiembre de 2017.
Informar rápido ya no es suficiente
En esta etapa digital, en la que la información es abundante y circula a una velocidad que hace difícil detenerse a comprobarla, el trabajo periodístico adquiere una responsabilidad todavía mayor: ayudarnos a saber qué podemos creer sobre aquello que ocurrió.
Y quizá ahí está uno de los mayores retos del periodismo digital: no solamente informar más rápido, sino informar mejor. Porque, como escribió Jonathan Swift en 1710: “La falsedad vuela y la verdad viene cojeando tras ella.”
Más de tres siglos después, la frase sigue teniendo una inquietante huella y vigencia en el entorno digital. La diferencia es que hoy la falsedad no necesita recorrer el mundo de boca en boca: tiene una conexión a internet, un algoritmo y millones de posibilidades para ser compartida.
▏Ada Sepúlveda es columnista en MentePost con análisis sobre cultura digital y comunicación.
